En la clave, a menudo trágica y conmovedora, de las leyendas, esta historia nos relata el origen de la Luna para el pueblo mocoví.


Cuenta la leyenda que esto sucedió hace mucho, mucho tiempo.

En el Chaco, vivía la hermosa Ciraigo, hija del Cacique Ipenac. Como era su costumbre, el padre la había casado, desde jovencita, con un capitanejo de la tribu, que tenía fama de ser muy valiente.

Cierta vez, los guerreros de una nación vecina invadieron el tolderío de Ipenac.

En el combate, el capitanejo cayó herido de muerte. Entonces, Ciraigo se arrodilló a su lado, muy triste, y le prometió que jamás se casaría con otro. Luego, los invasores se llevaron cautiva a la joven.

Pasó el tiempo y el cacique vencedor se enamoró de ella. Le propuso que fuera su esposa, pero Ciraigo le contestó que no se volvería a casar y se mantuvo firmemente dispuesta a cumplir su promesa.

El cacique estaba tan enamorado que decidió que se casarían igual. Invitó a todo el mundo a la celebración y empezó a organizar una gran fiesta.

Ciraigo, sin saber qué hacer, le pidió ayuda a Cotaá, su Dios, y él la escuchó. Hizo que subiera hasta el cielo y la convirtió en Luna.

Desde entonces, Ciraigo es la Luna que, allá en lo alto del cielo, ilumina blanca y brillante a su pueblo.

De esta manera cuentan los mocovíes el origen de la Luna.

También cuenta la leyenda que, cuando crece, es señal de que Ciraigo rejuvenece, y es motivo de fiesta entre los mocovíes. Cuando decrece, es señal de que sus enemigos la atacan.

Pero la Ciraigo es inmortal y se renueva siempre.

Recopilación: Laura Roldán
Esta leyenda pertenece al libro “El árbol de sal.Leyendas mocovíes”, en preparación.

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