Cuando a la tardecita me siento en el muelle, frente a este río de aguas terrosas, el recuerdo me perturba y pienso en mi viejo. Me parece verlo con el sombrero aludo, remando con fuerzas mientras recorría el espinel. A la frente ancha y bronceada, de tantos soles ardientes, la coronaba un cabello lacio y renegrido que
amagaba disimular el sombrero. Los anchos y poblados bigotes no alcanzaban a ocultar una boca siempre risueña. En los ojos, oscuros y calmos, siempre le bailaba la picardía de una sonrisa.
Desde el alba, su bote blanco y su silbido se engarzaban en el lujurioso paisaje vegetal. Volvía a la tarde, cuando las aves silenciaban su canto en la espesura y el río se planchaba en su serena calma. Entonces, con astucia, como buen sabedor, echaba la red en el recodo de la isla. Después prendía el fuego, ponía el pescado al asador mientras yo le deleitaba con el mate amargo. Con el armado entre los labios y flotando en su humo azul, seguía con su silbido alegre mientras arreglaba las líneas.
Desde la partida de mamá, los sentimientos nos envolvieron y nos unimos en una amistad entrañable. Con dulzura me pasaba sus ásperas manos por la cabeza mientras con infinita paciencia me enseñaba sus habilidades.
¡Pobre papá, cuánto daría por volver a pescar con él! Esas manos sólidas y rugosas, eran las mismas que hachaban desde el amanecer para levantar el rancho de la isla. Sobre pilotes, decía orgulloso, para que aguante a la creciente. Y la creciente vino como un aluvión. La inundación desbordó y arrasó con lo que halló a su paso. Toda la fuerza y la violencia de la naturaleza se volcaron en este manso río. El desmadre derribó la vegetación isleña y los animales desesperados trataron de ganar a nado la otra orilla. Las aguas marrones y terrosas bajaban encabritadas arrastrando plantas, animales e ilusiones. Todo se perdía en el sur, allá donde se abrazaba con el mar.
Flotando, a la deriva, pasaban los camalotes con las víboras enganchadas en caprichosas figuras. Cuando el agua comenzó a entrar, cargamos el bote y nos largamos para cruzar hasta la otra costa. Cuando nos alejamos, el muelle se derrumbó con un estruendo. El rancho resistió sobre los pilotes. Papá, con un silbido entrecortado, sudoroso, remaba con esfuerzo para evitar que la correntada nos llevara lejos. Yo vi venir el tronco. Era enorme. Todo fue muy rápido. Con estrépito pegó en el bote que giró como un barco de papel y se dio vuelta. Sin perder la calma, me colocó sobre sus espaldas y me ordenó aferrarme a su cuello. Comenzó a nadar con fuerza y me arrimó a la orilla. Cuando hice pie me dejó y volvió para recuperar su viejo bote. Lo veía nadar seguro y sin cansancio. De pronto quedó como detenido y lanzó un grito desgarrador. Era mi nombre. Un remolino traicionero lo chupó. Nunca mas lo vi.Los años pasaron y yo sigo pescando como él me enseñó. Vivo en el rancho de la isla, el que está sobre pilotes, para que aguante la creciente. A la tarde en tanto se hace el fuego, me siento en el muelle. Mientras fumo un largo armado aún espero escuchar aquel silbido y ver la mano en alto de mi viejo sobresalir de un bote blanco.



Nyls Héctor Volmaro (Berrotarán) 2do. Premio Cuento XIIIº Concurso Literario de la Emisora Delta FM [105.9 MHz], de Embalse. Pcia. de Córdoba. Argentina

2 Comentarios:

azpeitia dijo...

Enhorabuena por tu blog y su desinteresado propósito...un abrazo de azpeitia

Pequeños Soles de Noe dijo...

Gracias Azpeitia tu comentario me alienta a seguir
Un cariño

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Mis pequeños soles te dan las gracias por tus palabras

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En la Tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”. “Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podremos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear”. "Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos”. Ghandi

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