“Estoy morido.” Así decía yo de chico cuando no sabía. Después supe y ya no me equivoqué más: entonces decía “me morí”. Ahí empezaba mi juego preferido: jugaba a estar muerto. ¡Bah! En verdad no empezaba ahí. El juego ya era divertido desde el momento en que yo elegía el lugar donde me iba morir: podía ser en mi propia cama cuando me iban a despertar a la mañana; o al lado de la heladera que tenía ese poder de matarte por andar abriéndola descalzo; o aparecerme tirado en el patio de mis primos, mientras todos jugaban a la compu.

Después tenía que pensar en por qué me iba a morir. A veces aprovechaba los zamarreos de mi hermana y en uno de los empujones, me caía al piso y ya no me levantaba. Otras veces me hacía el muerto cuando tardaban mucho en venir a limpiarme la cola al baño; hasta que por fin alguien entraba a rescatarme de “este olor que mata” y me encontraba despatarrado en el inodoro, con medio cuerpo afuera y medio adentro.

Y también otra parte divertida del juego era pensar delante de quién me iba a morir. Ya sabía que a las señoras grandes mejor dejarlas vivir en paz, como decía mamá. Porque pasó que una vez se lo hice a una tía de ella, y la señora casi se muere pero en serio. Pegó tal grito al verme en el piso (en esa época yo ya había aprendido a tirar los ojos para atrás y ponerlos en blanco), que me hizo saltar del susto, y salí corriendo como si hubiera visto un fantasma.

La verdad es que al principio no me creía casi nadie porque yo nunca me aguantaba las ganas de verles la cara, y después de morirme siempre abría un poco los ojos para espiar. O también, si alguien hacía un chiste muy gracioso, yo largaba la carcajada; o si empezaban con eso de que “ahora que se murió Sebi, comámonos su huevo de pascua o abramos sus regalos”. Claro, yo no lo soportaba y revivía de golpe para defender mis cosas. Pero después, practicando y practicando, cada día me moría mejor y no me importaba nada más que mi juego. Podían levantarse todos de la mesa del domingo para irse a dormir la siesta y dejarme abandonado en el piso como a un pobre cadáver huerfanito, que yo ahí me iba a quedar, por una hora capaz. Hasta que mamá viniese preocupada —porque los muertos te remuerden la conciencia— a ver si realmente me había pasado algo.

¡Y qué placer! Cuando yo los engañaba una vez más… Y además les hacía decir cantidad de palabras terribles, que se les escapaban de la boca como un tendal de ropa sucia al verme revivir. Era un momento fantástico, y hoy no me importaría sufrir la peor de las penitencias, si sólo pudiera jugar a estar muerto otra vez. Porque ahora ya está, no puedo divertirme más como antes. Y bueno, qué se le va a hacer… un día me tenía que morir en serio, ¿no?

*

Me pasó en la escuela, de golpe y porrazo, sin aviso; nada que dijese “cuidado, niño en peligro de extinción”. Es verdad que yo había estado pensando en mi juego para hacerlo ese día, y hasta tenía elegido tirarme sobre las camperas caídas del perchero que estaba al final del aula. Pero ni siquiera tuve tiempo de seguir con mi plan. La cabeza se me cayó de un tirón sobre la tarea de matemática y ahí quedé, babeando (porque la baba no se seca apenas te morís) sobre las divisiones con decimales. Fue bastante feo porque ahora que tenían que creerme, nadie me creía.

Me acuerdo que mientras estaba ahí, inmóvil, escuché a una de las chicas del grado —típica chupamedias que se merece que uno después vaya como un espíritu y la asuste saliendo del placard— diciendo esa taradez del pastorcito mentiroso, y que de viejo nadie me iba a creer nada y me iban a sentar en la mesa ya con olor a muerto podrido, pero pensando que yo sólo estaba cansado. Y yo la escuchaba perfecto a la muy pava, porque aunque estaba más muerto que Colón, podía escuchar y ver sin siquiera abrir los ojos.

Por eso, al darme cuenta de que todos seguían la clase como si nada al lado mío, me empecé a desesperar: quería que llamaran a mi mamá antes de que las lombrices me fueran comiendo y mis hermanos se impresionaran al verme todo agujereado. Era terrible sentirme así, tan vivo todo adentro, con fuerza para jugar tres partidos de fútbol, pero sin poder moverme. Mi cerebro decía “pierna correte” o “mano limpiate la baba que queda feo”, y nada: mi cuerpo era una bolsa de huesos pesadísima (porque para mí que cuando te morís de chico como yo, se te suman de golpe todos los kilos que ibas a tener de viejo.)

Al final, después de cuatro veces que la maestra me llamó al frente —a propósito, claro, porque pensó que me había dormido—, se me acercó hecha una furia. Me tocó dos veces en las costillas con una regla larga de madera que sostenía bien de la puntita. Y te imaginás que si hubiera sido un juego, seguro que me hace cosquillas y chau, todos se dan cuenta. Pero yo ahí me quedé, duro como el títere de un titiritero muerto.

A la maestra enseguida se le pusieron los ojos rojos pero no quiso hacer alboroto, y les dijo a todos “chicos, parece que Sebastián se cansó de la escuela y de nunca ser abanderado”. Les pidió entonces que terminaran de hacer las cuentas —que el primero iba a tener premio—, mientras ella se iba a buscar a la directora. Muchos le hicieron caso y siguieron la tarea, pero mis más amigos me rodearon en un círculo. Pobres, intentaron mil cosas para traerme de nuevo. Hasta le hicieron decir a Cintia que sí, que ella gustaba de mí y que justo ese día se estaba por sentar conmigo pero que ahora —“¡qué lástima!, ¿no?”— se iba a tener que sentar con otro… Y yo te juro que hubiera llorado de alegría, pero las lágrimas sí que se secan rapidísimo cuando te morís.

Robertito, que era el científico del grupo, dijo que podían pedir permiso a mis padres para embalsamarme en posición de sentado; y así al menos los iba a seguir acompañando en los partidos de fútbol (o mejor dicho, lo iba a seguir acompañando a él que siempre se quedaba en el banco por ser tan… ¡muerto! con la pelota).

Laura, que de grande quería ser periodista, dijo que por qué no llamaban al fotógrafo de la escuela así les sacaba ya mismo una foto con “la momia” (por el guardapolvo), y así después iban a tener la mejor noticia del periódico escolar. “Sobredosis de matemática mata niño”, dijo que podía ser el título.

Yo empecé a aburrirme de escuchar tantas gansadas juntas, así que me metí para adentro como una uña encarnada y me puse a pensar en cómo iba a hacer para divertirme a partir de entonces. Ahí se me ocurrió que esto de morirse no podía ser tan malo, y que desde ese día iba a ser todo al revés. Podría jugar a estar vivo: hacer ruido de niño viviente en mi cuarto, y saltar como loco hasta que crujieran las maderas de mi cama, ¡ah! y también rebotar la pelota de básquet contra la pared… Y que después, cuando entrara toda mi familia corriendo para abrazarme, contentísimos porque “¡Sebi está vivo, Sebi está vivo!”, yo les mostraría que la pieza estaba más vacía que una calesita rota, y la pelota más quieta que una foto de esa calesita, y la cama más silenciosa que un mudo —dueño de la calesita—.

Y sabés que cuando pensé en todo eso, ayy… se me vino encima un tsunami de pena que me arrastró, y me hundió en una ola-de-gigante-de-recuerdos-de-chiquito, y me hizo rodar y rodar hasta primer grado, y por el jardín de infantes, y por la guardería… Hasta que por fin pude dar una bocanada de aire… y al abrir los ojos, vi a mi mamá que me tenía en brazos. Y entonces… ¡ni te imaginás!.. La pena se me escurrió de repente… porque así terminé esa mañana: en brazos de mi mamá, que fue a buscarme a la escuela cuando la llamó la directora…

*

A vos también te terminé engañando, ¿no?
Texto: Liza Porcelli Piussi
Este cuento obtuvo un Segundo Premio 
en el Cuarto Concurso Internacional de
Cuentos para Niños de EducaRed e Imaginaria.

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En la Tierra hay suficiente para satisfacer las necesidades de todos, pero no tanto como para satisfacer la avaricia de algunos”. “Mañana tal vez tengamos que sentarnos frente a nuestros hijos y decirles que fuimos derrotados. Pero no podremos mirarlos a los ojos y decirles que viven así porque no nos animamos a pelear”. "Dicen que soy héroe, yo débil, tímido, casi insignificante, si siendo como soy hice lo que hice, imagínense lo que pueden hacer todos ustedes juntos”. Ghandi

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