Cuento con  Cebú y  Flores



Cuando tía Jorgelina me abrió la puerta se confirmó mi presentimiento. Me habían invitado a tomar el té, pero más allá del convite había algo que no sabía bien qué era. Los ojos de tía Jorgelina brillaban más que nunca con ese fulgor de fuego fatuo que la caracterizaba. La saludé con un beso en la mejilla sintiendo en la mía esa piel aduraznada y un poco fría y le entregué la planta de violeta africana que llevaba siempre que me invitaban a tomar el té. La planta venía envuelta en una bolsita de nylon con las indicaciones para cuidarla, agua a una temperatura de unos veinte grados por inmersión, sino no florece.

Enseguida me dijo que se la llevaría al cebú. Ahí está, pensé, al fin, eso era, el cebú. Así que tenían al cebú en el jardín de la casa.

Nunca les habían gustado las mascotas, ni siquiera un pájaro y ahora se habían ido al otro extremo.

Nos sentamos a la mesa tendida en la galería, al lado de los bananos y de la gran palmera. A lo lejos se escuchaba la voz de mi abuela Ermelinda, gritaba que le pusieran un supositorio de espasmocibalena. Mi abuela Ermelinda estaba por cumplir ciento cuatro años.

Tía Jorgelina acostumbraba cambiar de mantel en cada estación así que en cada primavera ponía el mantel blanco bordado con ramilletes de margaritas.

Mis primas, las hijas de Jorgelina vestían el uniforme del colegio inglés, lo cual me parecía muy ridículo en mujeres que habían pasado los cuarenta años. Hablaban en una lengua muerta con mío tío Eulogio, su padre, complacido con ese juego que le agregaba una pizca de excentricidad a su cara -continuada en una calva lustrosa que potenciaba los rayos de sol como una lupa-.

Tía Jorgelina anunció que traería al cebú para convidarlo con la violeta africana que yo le había regalado. Realmente no sé para qué había gastado tanta plata en el vivero si la planta iba a parar al estómago del cebú y ni qué decir cuando completara su ciclo natural.

Era inaudito aunque en casa de tía Jorgelina siempre ocurrieron cosas por el estilo. Nunca me voy a olvidar las reuniones de los 31 de diciembre. Había que ir vestido según el dictado de tía Jorgelina. Si disponía que los trajes fueran largos hasta el suelo, no importaba desde dónde se viajaba, los kilómetros que había que hacer para llegar hasta su casa. Eso no hubiera sido nada si la fiesta se hubiera celebrado en ese tono y todos felices y qué. No. Bastaba llegar a la casa con los paquetes de regalos en las manos para darse cuenta de que se trataba de una gran farsa, porque ella abría la puerta envuelta en una salida de baño larga hasta el suelo y un turbante encasquetado como una luz roja anunciando que no pasáramos porque la pileta de natación, el eje de la fiesta, se había vaciado la noche anterior por miedo de que proliferaran la humedad y los caracoles. Hay que tener cuidado con el verdín era su frase favorita. Así que nos limitábamos a beber unos refrescos y a volver a nuestra casa. No puedo dejar de mencionar sus memorables dolores de cabeza ya que se trataba de una ceremonia tribal. Comenzaban con un chistido parecido al de una lechuza que ordenaba silencio. Todos debían caminar en puntas de pie mientras ella descansaba en un cuarto especialmente preparado para el ritual. Apoyaba las piernas sobre una almohada y se ponía una bolsa de hielo en la cabeza.

Las únicas conversaciones permitidas hasta lograr alivio debían referirse al dolor de cabeza y en tono bajo. Tío Eulogio y las primas se encargaban de que así se cumpliera. Pasado el dolor se podía jugar a las cartas o comer pulpo a la gallega.

Pero las ganas de jugar habían pasado y hasta las de comer o de respirar, tía Jorgelina era así. La abuela Ermelinda volvió a gritar y a pedir el supositorio de espasmocibalena, la habían sacado del geriátrico para la ocasión y no recordaba en qué lugar se encontraba. Ni siquiera reconocía las caras de sus hijos ni de sus nietas, nos confundía a todos.

Con sus ojos enormes y oscuros, los labios levantados esbozando una sonrisa idiota, el cebú me miraba a los ojos como si me conociera muy bien, como si fuera la única que lo comprendiera o pudiera hacer algo por él. Pobrecito pensé. Te han traído engañado, te darán de comer y después te venderán, seguramente no vas a ser su mascota.

Tía Jorgelina le sirvió la violeta africana. Era notable como el cebú manejaba las patas y el cuerpo sentado a la mesa como todos los demás. Si no fuera por la cara hubiera jurado que se trataba de una persona. Podía agarrar una taza de té o limpiarse la boca con una servilleta. Comprobé que no se comía la violeta africana pero miraba fijamente las masitas de chocolate que tía Jorgelina había puesto en el otro extremo de la mesa. No lo quería mirar pero sus ojos me lo suplicaban. No pude más, en un descuido de tía Jorgelina le acerqué el plato de masitas al cebú y miré hacia otro lado. No me preocupé mucho por tío Eulogio y sus hijas que mantenían una conversación en lengua muerta. El cebú bebió una taza de té y se limpió la boca con las margaritas del mantel. Me sonrió, se levantó de la silla donde se había sentado y se alejó retozando por el pasto. Mi desconcierto crecía. Enseguida volvió tía Jorgelina vestida con su típica salida de baño larga, la que acostumbraba ponerse los 31 de diciembre. Vi que abría la boca seguramente para anunciar un solemne dolor de cabeza que no acabaría hasta el día siguiente cuando en ese momento tocaron el timbre. Ahí estaba la otra parte, la que faltaba en mi sueño del que siempre despertaba cuando el cartero traía las cartas por la mañana. Aparecieron dos hombres con pantalones y camisas negras. Nadie dijo nada ni era necesario tampoco. Venían a buscar al cebú pero éste se había escapado. Lo buscaron durante unas horas y nada, no aparecía. El pobre animal se había roto la cabeza.

El hallazgo no fue una sorpresa para mi porque sabía lo que sucedería luego. Los sueños no se tienen en vano. Tía Jorgelina había prometido entregar ese cebú. Había que encontrar un reemplazante pero que yo supiera otro cebú no había. No sé si fue magia, contacto visual o comunicación entre dos seres. Sólo sé que me miré las manos llenas de pelos como las del cebú y me toqué la cabeza. Mi pelo había desaparecido y en su lugar había cerda. Los victimarios se acercaban hacia mi y empecé a correr como nunca. Hasta que me desperté cansada de correr y sobresaltada por los timbrazos del cartero con el correo.

Mientras desayunaba leí una noticia que me extrañó aun más que mi sueño. Una mujer desnuda se había presentado en la comisaría de la calle Potosí para denunciar que dos extraños vestidos de negro la habían despojado de la salida de baño y el turbante. Pero lo más curioso era que el comisario queriendo indagar el caso no encontró a la mujer en su despacho, ignorándose hasta ese momento su paradero.

Araceli Otamendi

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