Otra leyenda que sirve para destacar el potencial minero de Angaco es la relatada en una Publicación aparecida en el Diario de los Andes a fines de la década del año 1930, de autoría del Sr. Busto Zula de Mo, bajo el titulo: “Angaco de Oro”.
Cuenta que el Pie de Palo, de formación anterior a la Cordillera de los Andes según estudios geológicos comprobados, es un cerro aislado al este de la Provincia de San Juan, sólo un capricho de la naturaleza podría haberlo ubicado allí como gigantesco faro desde cuyas alturas puede dominar las inmensas sabanas de uniforme color pespunteada al oeste por el hilo de plata del río san Juan.
Hacia la parte Norte se extienden dilatadas sabanas de salitre casi horizontal con solo pequeños accidentes, lo que demuestra que fueron estos terrenos antiguas ciénagas desecadas allí. Próximo a estos lugares y como indicio de vida humana, aparecía ante la vista de los viajeros un toldo o rancho construido con plantas silvestres y cueros de guanacos, habitado por un indio viejo, su mujer y un hijo grande ya.
Aquella inmensa llanura sembrada de ciénagas, con plantas características; totoras, carrizos, junquillos, gramillas, estas eran objeto en aquel entonces, de explotación industrial, por cuanto la mayor parte de los hacendados del Departamento de Angaco y Albardón llevaban sus ganados vacunos y caballares allí durante el verano.
Todos los años el Sr. Juan Luis Zapata, rico hacendado de Angaco Norte, llevaba sus vacunos y yeguarizos a pastar a aquellas ciénagas. En una ocasión tocó la casualidad de que Zapata, con su arreo, se acercó al Toldo de aquel Indio, soberano en esos lugares, con una vaca al parir. No queriéndose molestar con el traslado del ternerito, Zapata ofreció al Indio la vaca con su cría.
El Indio, por el rasgo saliente de su raza, le agradeció el obsequio con una preciosa piedra cuyo secreto y valor sólo el indio conocía.
Don Juan Luis Zapata profano en los misterios de la naturaleza, conservó con indiferencia en su casa de Árbol Verde (Concepción) aquella pesada piedra que le costara un día una vaca con su cría, pero en aquella época sólo costaba dos o tres pesos.
Transcurridos algunos años, llegó a su casa un amigo suyo, hombre curioso y práctico, e interesándose por la piedra aquella, preguntó al dueño de casa su origen, y comprobó que, en efecto, era esta piedra riquísima en oro, y denunciaba una mina que con tanta sencillez el indio poseía.
El indio la explotaba de cuando en cuando, cuando bajaba a la ciudad a cambiar sus piedras por los alimentos necesarios para su subsistencia.
El práctico curioso se tomó un interés vivísimo por llegar a la fuente del tesoro, fueron en busca del indio, pero este había muerto, su mujer que vivía en Angaco, ignoraba el lugar preciso, pero señalando con la mano un rumbo, al sur del rancho donde vivía, dijo: “allí después de pasar aquellas lomas bayas en el mismo rumbo y a poca distancia, está el lugar donde mi marido traía las piedras como esa”.
El lugar hoy se llama “La Carreta”, pues allí el General Acha, al pasar con su ejército se le rompió una carreta que dejó abandonada. La mujer del indio agregó: mi hijo que acompañaba siempre a mi marido al cerro conoce el lugar, ¿donde está su hijo? Preguntaron, “se lo ha contratado en una tropa de arrias que ha partido ayer para Buenos Aires encargado de una piara” (así le llamaban a ocho o diez mulas que había que aparejar y cargar).
El interesado prosigue su empeño, busca un peón arriero, lo alcanza, suplica al Patrón le ceda al Indio dejando en su reemplazo al peón que llevaba, pero el Arriero no accede.
El indio era irreemplazable en su puesto, aquel se resignó a esperar el regreso del huarpe, pero éste no volvió. Un rayo traicionero lo mató en una noche terrible de tormenta en medio de aquellos campos interminables.
Así ante el egoísmo humano la montaña sepultó aquel tesoro sin duda inagotable en pepitas de oro, en el seno de lo desconocido de las montañas del Pie de Palo.
Aquella mina en la Quebrada de Orencio, así se llamaba el indio, es uno de los tantos yacimientos que posee el Pie de Palo.
Un sabio naturalista que visitó esa región con motivo del terremoto del año 1944 manifestó que era riquísimo en oro, hierro y cobre.
El lugar del toldo es la Aguada de Fanacoa, donde en la actualidad hay grandes cantidades de totoras y junquillos y aún existen algunas ciénagas.
El hacendado Juan Luis Zapata existió y su estancia estaba ubicada en la manzana que comprende al Oeste Calle Zapata (en homenaje a él); al sur calle Aguilera; al este Calle Nacional, al Norte calle Los Troncos, hoy calle Bosque.
Cabe destacar que en la quebrada de Orencio cuando hay humedad la tierra se pone de color cobre, había en la altura fraguas indígenas y también un socavón de arriba hacia abajo, con restos de una cuerda que alguna vez se usó para bajar. Los parajes de dicha quebrada y el de La Carreta son paralelos a la de Orencio.
La Carreta abandonada de la vanguardia del Ejército Libertador del Norte, existió hasta el año 1960, cuando manos anónimas le prendieron fuego para llevarse el hierro. Hoy queda el lugar negro donde fue quemada, en el antiguo camino a La Brava o camino a la California en la Sierra de la Huerta.
Esta historia ha trascendido en distintas versiones, pero con los mismos personajes.

Angaco es un vocablo de origen araucano que significa agua o corrientes que hay en la falda de un cerro.

3 Comentarios:

Cornelivs dijo...

Querida amiga, que lindo relato...no me canso de leer estas historias fantasticas, siempre han hecho volar muy lejos mi imaginación.

Feliz domingo.

Besos.

Manolo Jiménez dijo...

Bonito relato, siempre es agradable recordar aquellos tiempos y gentes donde no parece había lugar para la avaricia.

Luego, hasta quemaron la carreta... ¡qué contraste!

Abrazos, amiga.

Arwen dijo...

Preciosa leyenda querida Noe, me encanta leer cosas de otros paises, besitossss cielo

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